El Analizador Pro · Fase 1 · datos oficiales sin intermediarios
Panel de señales del inversor
Los indicadores del marco del curso (Tema 1), calculados sobre fuentes primarias — FRED, BCE, Eurostat, mercado — con umbrales objetivos. Verde/ámbar/rojo con el número al lado, no opiniones.
Ciclo y crédito: hay dos formas clásicas de oler una recesión antes de que llegue. La primera es mirar qué interés paga hoy el Estado de EE.UU. por pedir dinero prestado a 10 años frente a 2 años: lo normal es que pague más por comprometerse más tiempo, pero cuando el mercado teme una recesión, empieza a pagar más por el plazo corto que por el largo —eso se llama «curva invertida»—. Hoy esa diferencia (la «curva de tipos») está aplanada, en 0,42 puntos porcentuales: ni invertida ni del todo normal. La segunda es mirar cuánto interés extra piden los inversores a las empresas con peor solvencia frente al Estado —igual que le pedirías más interés a un conocido con apuros de dinero que a tu primo con trabajo fijo—. Ese extra (el «spread de high yield») está hoy en 2,72 puntos porcentuales. Ninguno de los dos mercados que mejor han anticipado recesiones en el pasado —bonos del Estado y deuda de empresas— muestra hoy señal de alarma.
Economía real: más allá de los mercados financieros, esto es lo que dicen las encuestas y los datos de la economía de verdad. Entre los directivos de las fábricas europeas el ánimo es de pesimismo (el indicador de confianza industrial está en -7,7), y entre las familias americanas todavía peor: la encuesta de confianza del consumidor está en 44,8 puntos, un nivel más propio de una recesión que de calma. Y sin embargo, lo que la gente y las empresas hacen de verdad con su dinero no refleja ese pesimismo: las ventas minoristas en EE.UU. crecen un 6,88% interanual, los pedidos de maquinaria y equipo un -3,44%, la producción industrial un 1,67%, y la economía en conjunto (el PIB) un 2,68% — todo ello con el paro en el 4,2%, sin la subida brusca que anticiparía una recesión ya en marcha. Hay una divergencia real: las encuestas de humor (a directivos y a familias) están en su peor momento, pero el gasto y la producción reales todavía no lo confirman. Tarde o temprano uno de los dos suele ceder — conviene vigilar si el pesimismo se traduce en menos compras, o si el gasto real acaba desmintiendo a las encuestas.
Inflación y política monetaria: piensa en cuánto ha subido este último año el precio de lo que compras habitualmente —pan, gasolina, el alquiler—. Esa subida general de precios, la «inflación», es del 3,2% en España y del 2,8% en la eurozona; el Banco Central Europeo (BCE, quien decide el precio oficial del dinero en la zona euro) quiere que ronde el 2%. Al otro lado del Atlántico, la Reserva Federal de EE.UU. (Fed, su banco central) mantiene el precio al que presta dinero a muy corto plazo en el 3,63%, sin moverlo desde hace meses. El Euríbor a 12 meses —la referencia con la que se calculan las hipotecas variables en España— está en el 2,8%. Y la Fed sigue metiendo dinero nuevo en el sistema financiero: cuando hay más dinero circulando en el sistema financiero, en general sube el precio de las acciones y de otros activos; cuando se retira, ocurre lo contrario.
Valoración y sentimiento: el S&P 500 —un índice que agrupa a las 500 mayores empresas de EE.UU., y que funciona como termómetro de si la bolsa americana en conjunto sube o baja— cotiza un 8,51% por encima de su media de los últimos 200 días de mercado —una forma clásica de saber si la tendencia de fondo es alcista o bajista—, y solo ha caído un 0,49% desde su último máximo. El VIX —un índice que mide cuánto miedo hay en el mercado calculando lo que cuesta comprar un «seguro» contra caídas— está en 16,5 puntos. Ni la tendencia ni el ánimo del mercado muestran hoy tensión: se mueve sin miedo extremo ni euforia extrema.
España y tipos largos: el bono del Tesoro de EE.UU. a 10 años —la inversión que se considera más segura del mundo, y por eso sirve de vara de medir para comparar el resto— paga hoy un 4,58% de interés anual. España, por su parte, paga 44 puntos básicos más que Alemania por pedir prestado a 10 años (100 puntos básicos equivalen a 1 punto porcentual; a esa diferencia se la llama «prima de riesgo», y mide cuánto confía el mercado en que un país pague su deuda comparado con el más solvente de la eurozona); el mercado no cuestiona hoy la solvencia española, en parte porque el BCE ha dejado claro que compraría deuda española si algún país sufriera un ataque especulativo (un mecanismo llamado TPI).
Conclusión: hay estrés de mercado en varios frentes a la vez. Antes de cualquier decisión, revisar despacio las tarjetas en alerta (rojo) de arriba: las decisiones tácticas se toman con el análisis delante, no con el ruido del día.
Ciclo y crédito
Análisis profesional
Imagina que tienes ahorros y quieres prestárselos a alguien muy seguro: el Estado de un país (aquí, Estados Unidos, el prestatario que se considera más fiable del mundo). Puedes prestárselos por poco tiempo (2 años) o por mucho tiempo (10 años) comprando lo que se llama «deuda pública» o «bonos del Tesoro». Lo lógico es que, cuanto más tiempo te comprometas a no tocar ese dinero, más interés te paguen a cambio: en diez años pueden pasar muchas más cosas que en dos, así que asumes más incertidumbre. Esta señal compara justo eso: el interés anual que paga hoy el bono a 10 años (su «yield», o rentabilidad) menos el que paga el de 2 años. Si el resultado es positivo, todo va como se espera. Pero a veces pasa algo raro: el bono a 2 años empieza a pagar más que el de 10. Eso es anormal —¿por qué ibas a aceptar menos interés por prestar más tiempo?— y se llama «curva invertida».
Para entender por qué pasa esto, hay que ver qué mueve cada uno de los dos tipos de interés por separado. El del bono a 2 años depende, sobre todo, de lo que la gente cree que hará la Reserva Federal —la Fed, el banco central de EE.UU., quien decide el precio oficial del dinero— en los próximos dos años: si la Fed está subiendo tipos para frenar la inflación, este bono sube casi al mismo ritmo. El del bono a 10 años depende de las expectativas de crecimiento e inflación a una década vista, algo mucho más incierto y que cambia más despacio. Aquí está la clave: cuando muchos inversores empiezan a pensar «va a venir una recesión, y cuando llegue, la Fed tendrá que bajar los tipos para reactivar la economía», compran bonos a 10 años en masa, como refugio, para asegurarse ese interés antes de que baje. Cuando mucha gente compra el mismo bono, su precio sube, y cuando el precio de un bono sube, el interés que rinde baja. Así, el bono a 10 años empieza a rendir menos, mientras el de 2 años sigue anclado arriba por la subida de tipos todavía vigente. Cuando el corto supera al largo, la curva se ha invertido.
Hoy el dato está en 0,4 puntos porcentuales, en zona ámbar. El panel marca zona roja (mala señal, curva invertida) por debajo de cero; ámbar (aplanada, sin mucho margen) entre 0 y 0,5; y verde (normal) por encima de 0,5. Con 0,4 estamos en la parte alta del ámbar: ni hay alarma de recesión, ni tampoco la tranquilidad de una curva claramente normal. Más que el número exacto de hoy, conviene vigilar la dirección: si baja hacia cero, o si sube alejándose de él.
Este dato lleva décadas siendo, quizás, el mejor predictor de recesiones que existe. Desde 1970, cada vez que EE.UU. ha entrado en recesión, esta curva se había invertido antes, con una antelación de entre 6 y 24 meses. Se invirtió en agosto de 2006, más de un año antes de que estallara la recesión de diciembre de 2007, la que terminó en la gran crisis financiera de 2008. Volvió a invertirse en marzo de 2019, meses antes de la recesión de 2020 (aunque aquella la desencadenó realmente la pandemia, algo externo al ciclo económico normal). Más reciente: en 2022 se invirtió hasta su nivel más negativo desde los años 80 y se mantuvo así más de dos años seguidos, el periodo más largo jamás registrado, sin que llegara ninguna recesión clásica después. Este último caso enseña el límite de la señal: avisa de un riesgo real, pero no garantiza que la recesión vaya a llegar, ni cuándo.
Se entiende mejor junto a otras dos señales del panel: el spread de high yield (el interés extra que piden las empresas más débiles, la tarjeta de al lado) y el VIX (el termómetro del miedo en la bolsa, más abajo). Si las tres se mueven a la vez hacia el estrés —curva invertida, spread ampliándose y VIX subiendo—, la alerta de ciclo es mucho más fiable, porque tres mercados distintos están de acuerdo. Si solo se mueve la curva y las otras dos siguen tranquilas —justo la situación de 2022 a 2024—, lo más prudente es tomarlo como un aviso temprano, no como una confirmación de que hay que actuar ya.
Análisis profesional
Imagina que le prestas dinero a dos personas. A tu primo, que tiene un trabajo fijo desde hace veinte años y nunca ha dejado de pagar una deuda, le prestarías dinero pidiéndole poco interés a cambio: confías en que te lo devolverá. A un conocido que acaba de perder su empleo y ya tiene varias deudas sin pagar, si aun así decides prestarle, le pedirás bastante más interés, porque hay más riesgo de que no te devuelva nunca el dinero. Eso mismo pasa con las empresas, a gran escala. Cuando una empresa necesita financiarse, puede pedir un préstamo o emitir «bonos»: papeles que dicen «te devuelvo este dinero dentro de X años, y mientras tanto te pago tal interés cada año». Las empresas grandes y solventes pagan poco interés por ese dinero, porque todos confían en que lo devolverán. Las empresas más débiles —con pérdidas, mucha deuda ya acumulada— tienen que ofrecer mucho más interés para convencer a alguien de prestarles. A esa deuda de empresas frágiles se la llama «high yield» (alto rendimiento) o, en la jerga de andar por casa, «bonos basura» — no es un insulto, solo indica más riesgo. Esta señal mide, exactamente, cuánto interés extra piden hoy los inversores a esas empresas frágiles frente a lo que le piden al Estado de EE.UU. —el «primo con trabajo fijo» de este ejemplo, el prestatario más seguro que existe—. A esa diferencia se la llama «spread» (diferencial), y se mide en puntos porcentuales.
Ese interés extra no lo fija ningún banco ni ningún gobierno: lo fija el propio mercado, y cambia cada día. Miles de gestores de fondos compran y venden estos bonos de empresas frágiles constantemente. Si la economía va bien —hay empleo, las empresas venden, hay beneficios—, esos inversores confían en que las empresas frágiles también podrán pagar su deuda, así que se conforman con pedir poco interés extra. Pero en cuanto empiezan a preocuparse —porque se acerca una recesión, porque sube el coste de financiarse, porque una empresa del sector ya ha dejado de pagar—, empiezan a vender esos bonos. Cuando mucha gente quiere vender algo a la vez, su precio baja; y cuando el precio de un bono baja, el interés que efectivamente rinde sube (es matemática simple: pagas menos por el mismo papel que promete devolver lo mismo, así que tu rentabilidad relativa sube). Por eso, cuando ves que este «spread» sube, en realidad está reflejando que mucha gente, a la vez, está perdiendo la confianza en que las empresas frágiles paguen su deuda.
Hoy este diferencial está en 2,69 puntos porcentuales, y el panel lo marca en verde. Para que te hagas una idea de la escala: el panel considera tranquilo todo lo que esté por debajo de 4 puntos porcentuales —el mercado no ve riesgo relevante de impago—. Entre 4 y 6 sería vigilancia (ámbar): el mercado empieza a pedir algo más de compensación. Por encima de 6 sería alarma (rojo): el mercado teme impagos generalizados. Con el dato de hoy en 2,69, estamos claramente en la zona tranquila.
Este número ha demostrado ser muy útil para detectar problemas antes de que lleguen a la bolsa. En 2008, antes de que estallara la crisis financiera, este diferencial pasó de niveles muy bajos y tranquilos a superar los 20 puntos porcentuales —ocho veces el nivel de hoy— a medida que el mercado se daba cuenta de que muchas entidades y empresas no iban a poder pagar sus deudas. En marzo de 2020, cuando empezó la pandemia y nadie sabía qué empresas sobrevivirían a los confinamientos, este diferencial se disparó de golpe en cuestión de días. En ambos casos, la subida de este número llegó antes de que la bolsa tocara fondo: fue un aviso temprano, no una consecuencia tardía.
Se entiende mejor junto a la primera tarjeta del panel, la curva de tipos (que compara el interés de la deuda del Estado a 10 años frente a 2 años). Si las dos se mueven a la vez hacia el estrés —la curva se invierte y este diferencial sube a la vez—, es una señal mucho más fiable de que se acerca una recesión, porque dos mercados distintos están de acuerdo. Si solo se mueve una de las dos, mejor esperar y ver si la otra la confirma antes de sacar conclusiones.
Economía real
Análisis profesional
En las tarjetas de arriba viste la curva de tipos y el spread de crédito, que anticipan una recesión mirando el dinero. Esta señal mira algo distinto y más directo: qué opinan, mes a mes, los responsables de comprar materiales y planificar producción en miles de fábricas de la eurozona. Imagina que cada mes se les pregunta lo mismo a cientos de directores de fábrica: «¿tenéis más o menos pedidos que el mes pasado? ¿vuestros almacenes están llenos o vacíos? ¿sois optimistas sobre los próximos meses?». Sus respuestas, combinadas, dan un número: por encima de cero significa más optimismo que pesimismo industrial; por debajo, lo contrario. A este tipo de encuesta se la conoce como «PMI» (índice de directores de compras) y el curso la trata como el indicador estrella de toda la macroeconomía práctica — pero el PMI oficial lo vende una empresa privada (S&P Global) y hace años que dejó de ser gratuito. Esta señal es el sustituto gratuito más parecido: un indicador de confianza industrial de la Comisión Europea con la misma idea de fondo, aunque en una escala distinta (un balance alrededor de cero, no de 0 a 100 como el PMI oficial).
La Comisión Europea encuesta cada mes a miles de directivos de fábricas de toda la eurozona sobre tres cosas: su cartera de pedidos actual, el nivel de sus existencias almacenadas, y sus expectativas de producción para los próximos meses. Se calcula la diferencia entre el porcentaje que responde «mejor» y el que responde «peor» en cada pregunta, y se combinan en un solo número. Preguntarle justo a esta gente importa porque un director de compras es de las primeras personas en toda la cadena económica en notar un cambio de tendencia: si le llegan menos pedidos, deja de comprar materiales antes de que eso se traduzca en menos producción, menos empleo o menos beneficios — cosas que verás reflejadas en otras cifras mucho más lentas, como el paro, semanas o meses después.
Hoy está en -9, en zona roja: pesimismo marcado entre los responsables de las fábricas europeas, que anticipan un frenazo de la actividad industrial. El panel marca verde por encima de cero (más optimistas que pesimistas), ámbar entre 0 y -5 (pesimismo moderado) y rojo por debajo de -5.
Este tipo de encuesta se ha adelantado, históricamente, a los datos de producción industrial real y del PIB por varios meses. Antes de la recesión de 2008-2009, los indicadores de confianza industrial europea ya llevaban meses cayendo con fuerza cuando el PIB todavía no reflejaba el problema. En 2022-2023, con la crisis energética tras la guerra de Ucrania, la industria alemana —el motor manufacturero de Europa— cayó en pesimismo profundo antes de que el resto de cifras económicas alemanas lo confirmara.
Se lee junto a la curva de tipos y el spread de high yield: si los tres apuntan en la misma dirección de deterioro, la señal de que se acerca una fase débil del ciclo es mucho más consistente. También conviene compararla con la confianza del consumidor (la tarjeta siguiente): cuando las empresas están pesimistas pero los consumidores siguen gastando con normalidad, el frenazo tiende a ser más suave que cuando ambos coinciden en el pesimismo.
Análisis profesional
Imagina que cada mes una encuestadora llama a cientos de familias americanas y les pregunta cosas como: «¿crees que dentro de un año estarás mejor o peor económicamente? ¿es un buen momento para comprarte un coche o una casa grande? ¿qué esperas que haga la economía del país?». Con esas respuestas se construye un índice: cuanto más alto, más optimismo hay entre los hogares sobre su propia situación y la del país. Esta encuesta, realizada por la Universidad de Michigan desde los años 40, es una de las más seguidas del mundo para tomarle el pulso al consumidor americano — y el consumo de los hogares es, con diferencia, la mayor parte de la economía de EE.UU.
Este índice importa porque el estado de ánimo de la gente predice su comportamiento con el dinero: una familia optimista sobre el futuro se atreve a comprar una casa, cambiar de coche o irse de vacaciones; una familia pesimista o asustada, aunque tenga el mismo sueldo que antes, tiende a ahorrar más y gastar menos «por si acaso». Como el consumo de los hogares mueve gran parte de la economía americana, este cambio de humor colectivo termina notándose, semanas o meses después, en las ventas de las tiendas, en la producción de las fábricas y en el empleo.
Hoy está en 44,8 puntos, en zona roja: un nivel de pesimismo extremo, más propio de una recesión o de una crisis de precios que de un momento de calma económica. El panel marca verde por encima de 80 (consumidor cómodo), ámbar entre 60 y 80 (por debajo de la media, cauto) y rojo por debajo de 60.
Este índice tocó su mínimo histórico, alrededor de 50 puntos, en junio de 2022, en pleno pico de la inflación en EE.UU., cuando las familias veían cómo su sueldo cundía cada vez menos en el supermercado y en el surtidor de gasolina. También cayó con fuerza durante la crisis financiera de 2008-2009 y en los primeros meses de la pandemia en 2020. El dato de hoy, en 44,8, está incluso por debajo de aquel mínimo de 2022 — una señal llamativa de pesimismo que, sin embargo, todavía no se ha traducido en una caída del gasto real (las ventas minoristas, la tarjeta siguiente, siguen creciendo con fuerza): la gente dice sentirse mal, pero de momento sigue comprando.
Se lee junto a las ventas minoristas (la tarjeta siguiente): cuando la confianza cae pero el gasto real aguanta, como parece estar pasando ahora, hay que vigilar cuál de las dos «gana» — si el pesimismo acaba frenando las compras reales, o si el gasto real desmiente a la encuesta. También conviene mirarla junto a la confianza industrial de la eurozona: si consumidores y empresas están pesimistas a la vez, en las dos orillas del Atlántico, la señal de fondo es más consistente.
Análisis profesional
Esta señal mide, en dinero, cuánto han gastado los americanos en tiendas y restaurantes en el último mes, y lo compara con lo que gastaron hace un año. A diferencia de la tarjeta anterior —que preguntaba a la gente cómo SE SIENTE—, esta mide lo que la gente REALMENTE hace con su dinero: cuánto ha comprado de verdad, no cuánto dice que va a comprar.
El gobierno de EE.UU. recopila cada mes los ingresos declarados por una muestra representativa de comercios —desde supermercados hasta concesionarios de coches y restaurantes— y suma el total a nivel nacional. Al compararlo con el mismo mes del año anterior, se obtiene el ritmo de crecimiento del consumo. Esto importa mucho porque el consumo de los hogares es, en EE.UU., cerca del 60-70% de toda la actividad económica del país: si la gente deja de gastar, la economía se frena casi automáticamente, y si sigue gastando con fuerza, es difícil que haya una recesión real por mucho que las encuestas de humor digan lo contrario.
Hoy crece un 6,88% respecto al mismo mes del año pasado, en zona verde: el consumo real sigue tirando de la economía con fuerza, a pesar del pesimismo que muestra la encuesta de confianza de la tarjeta anterior. El panel marca verde por encima del 3% de crecimiento anual, ámbar entre 0% y 3%, y rojo si cae en negativo (la gente gasta menos que hace un año).
Las ventas minoristas cayeron con fuerza y de golpe en la primavera de 2020, en las primeras semanas de la pandemia, cuando los comercios cerraron físicamente. También se frenaron notablemente durante 2022, cuando la inflación disparada obligó a muchas familias a recortar compras no esenciales. Un detalle importante: esta cifra no descuenta la inflación —si los precios suben un 4% y las ventas también suben un 4%, la gente no está comprando ni una unidad más de producto, solo está pagando más caro lo mismo—, así que conviene mirarla junto a la inflación para saber si el crecimiento es real o solo son precios más altos.
Se lee junto a la confianza del consumidor (la tarjeta anterior): la divergencia de hoy —consumidor pesimista en la encuesta pero gastando con fuerza en la realidad— es justo el tipo de contradicción que conviene vigilar, porque tarde o temprano una de las dos cede. También conviene compararla con la inflación PCE general (más abajo), para saber cuánto de ese 6,88% es consumo real y cuánto es solo el efecto de precios más altos.
Análisis profesional
Un «bien duradero» es cualquier cosa cara que se supone que dura años: una nevera, un avión, una máquina industrial, un coche. Esta señal mide cuántos pedidos nuevos de este tipo de bienes han recibido las fábricas americanas este mes, comparado con hace un año. La diferencia con las ventas minoristas (la tarjeta anterior) es importante: aquella mide lo que compran las familias en el día a día; esta mide las compras grandes y poco frecuentes, muchas veces hechas por empresas que invierten en maquinaria, no solo por hogares.
Una empresa no encarga una máquina nueva o una flota de camiones a la ligera: es una decisión que implica comprometer mucho dinero pensando en la demanda de los próximos años. Por eso, cuando las empresas empiezan a encargar más bienes duraderos, es señal de que confían en vender más en el futuro cercano — es una apuesta por el crecimiento que se hace ANTES de que ese crecimiento realmente llegue. Por el mismo motivo, cuando las empresas se ponen nerviosas sobre el futuro, lo primero que hacen es congelar estas compras grandes y aplazables, mucho antes de tener que despedir a nadie.
Hoy crece un 9,63% respecto al año pasado, en zona verde: las empresas siguen encargando maquinaria y equipo con fuerza, señal de que confían en vender más. El panel marca verde por encima del 0%, ámbar entre 0% y -5%, y rojo por debajo de -5%. Importante: esta cifra es muy volátil de un mes a otro —un solo pedido gigante de aviones puede disparar el dato un mes y desplomarlo al siguiente—, así que el propio curso recomienda mirar la tendencia de varios meses, no un dato suelto.
Los pedidos de bienes duraderos se desplomaron con fuerza en 2008-2009 y en los primeros meses de 2020, anticipando ambas veces la caída de la producción industrial real que llegó después. Es, junto al PMI, uno de los indicadores que el curso clasifica como «adelantado»: se mueve antes de que el problema (o la mejora) aparezca en cifras más lentas como el empleo.
Se lee junto a la producción industrial (la tarjeta siguiente): los pedidos de hoy son la producción de dentro de unos meses, así que un aumento sostenido de pedidos suele anticipar una producción industrial más fuerte más adelante, y viceversa.
Análisis profesional
Esta señal mide cuánto han producido de verdad las fábricas, minas y centrales eléctricas de EE.UU. este mes, comparado con hace un año. A diferencia de los pedidos de bienes duraderos (la tarjeta anterior, que mide lo que se ENCARGA), esta mide lo que se PRODUCE de verdad — un paso más adelante en la cadena: primero llegan los pedidos, luego, con algo de retraso, sube o baja la producción real para responder a esos pedidos.
El gobierno de EE.UU. recopila datos físicos de producción de miles de fábricas y plantas —toneladas de acero, coches ensamblados, barriles de petróleo refinado— y los combina en un solo índice. Por eso el curso lo clasifica como un indicador «coincidente»: no anticipa el futuro como el PMI o los pedidos, sino que fotografía lo que está pasando ahora mismo en la economía real, sirviendo para confirmar (o desmentir) lo que los indicadores adelantados venían anunciando.
Hoy crece un 1,67% respecto al año pasado, en zona verde: la parte fabril de la economía americana está en expansión moderada. El panel marca verde por encima del 1%, ámbar entre -1% y 1% (prácticamente plano), y rojo por debajo de -1% (contracción).
La producción industrial cayó con fuerza en 2008-2009 (más de un 15% desde su máximo) y de forma aún más brusca, aunque brevísima, en la primavera de 2020 con el parón de fábricas por la pandemia. Es un dato que tiende a moverse de forma bastante sincronizada con las recesiones oficiales de EE.UU. — cuando cae de forma sostenida durante varios meses seguidos, suele coincidir con una recesión ya en marcha, no solo anunciada.
Se lee junto a los pedidos de bienes duraderos (la tarjeta anterior, que la anticipa) y junto a la confianza industrial de la eurozona (más arriba): si las tres se mueven en la misma dirección, la señal sobre la salud de la economía manufacturera global es mucho más sólida que mirando cualquiera de las tres por separado.
Análisis profesional
El PIB (Producto Interior Bruto) es, en pocas palabras, la factura total de un país: el valor de todo lo que se produce dentro de sus fronteras en un periodo, sumando el consumo de las familias, la inversión de las empresas, el gasto público y lo que se vende al extranjero menos lo que se compra fuera. Esta señal mide el PIB «real» de EE.UU. —ya descontada la inflación, así que refleja crecimiento de verdad, no solo precios más altos— y lo compara con el mismo periodo de hace un año.
El gobierno estadounidense calcula esta cifra cada trimestre sumando todo lo que se ha producido y vendido en la economía. Al ser una cifra tan amplia y que tarda en recopilarse, el curso la clasifica como un indicador «coincidente»: no avisa de un cambio de tendencia con antelación (para eso están el PMI o los pedidos de bienes duraderos), sino que confirma, con cierto retraso, si la economía de verdad ha crecido o se ha contraído. Dos trimestres seguidos de caída del PIB es, tradicionalmente, una de las definiciones informales de «recesión».
Hoy crece un 2,68% respecto al año pasado, en zona verde: un ritmo de crecimiento saludable para una economía desarrollada como la americana. El panel marca verde por encima del 2%, ámbar entre 0% y 2% (crecimiento débil), y rojo por debajo del 0% (la economía se contrae respecto al año pasado).
El PIB de EE.UU. cayó con fuerza en 2008-2009 (la Gran Recesión) y de forma brutal, aunque muy breve, en el segundo trimestre de 2020 (una caída anualizada de más del 30% en un solo trimestre, la mayor registrada, por el parón de la pandemia), seguida de una recuperación igualmente rápida. En 2022 hubo dos trimestres seguidos de caída leve que técnicamente cumplían la definición informal de recesión, aunque el organismo oficial que decide esto en EE.UU. (el NBER) no llegó a declararla, porque el empleo seguía creciendo con fuerza — un recordatorio de que ninguna cifra sola basta para diagnosticar el ciclo.
Se lee como la cifra que da la razón, o no, a todo lo demás: si el PMI, los pedidos y la confianza llevaban meses avisando de un frenazo, el PIB es donde ese frenazo finalmente se confirma (o no) en números grandes y oficiales. Por su retraso, no sirve para anticipar, sino para verificar el diagnóstico que ya has hecho con las señales adelantadas.
Análisis profesional
Esta es la tasa de paro de EE.UU.: el porcentaje de personas que buscan trabajo activamente y no lo encuentran, sobre el total de gente que quiere trabajar. Es, quizás, el dato económico más fácil de entender de todo el panel — y también, paradójicamente, uno de los que menos sirve para anticipar problemas, porque llega tarde: una empresa despide personal solo cuando ya lleva tiempo sufriendo, no al primer síntoma de que las cosas van mal.
Por esa razón, el curso clasifica el paro como un indicador «retrasado»: confirma que la economía ya se ha deteriorado, no lo anticipa. Pero hay una forma de usar esta misma cifra para detectar el inicio de una recesión casi en tiempo real: se llama la «regla Sahm» (por la economista que la diseñó), y dice que, cuando el paro sube 0,5 puntos porcentuales o más por encima de su punto más bajo de los últimos 12 meses, la economía ya está, con muchísima probabilidad, en recesión — aunque nadie lo haya anunciado todavía oficialmente. La lógica es simple: el paro casi nunca sube «un poquito» de forma aislada; cuando empieza a subir, lo hace en cadena, porque una empresa que despide reduce el consumo de esos trabajadores, lo que hace que otras empresas vendan menos y también acaben despidiendo.
Hoy el paro está en el 4,2%, y no ha subido 0,5 puntos desde su mínimo de los últimos 12 meses, así que no salta la alarma de la regla Sahm: zona verde, mercado laboral sano. El panel marca rojo automáticamente si se activa la regla Sahm, independientemente del nivel absoluto del paro.
La regla Sahm ha acertado, sin ninguna falsa alarma, el inicio de todas las recesiones de EE.UU. desde que hay datos fiables, en 1970. Se activó, por ejemplo, en 2008 y en 2020. Es una de las pocas reglas mecánicas y sencillas de toda la macroeconomía con ese historial casi perfecto — con la salvedad de que, al estar basada en datos ya publicados, avisa de que la recesión ya ha EMPEZADO, no de que está a punto de empezar; para eso sirven las señales adelantadas de las tarjetas de arriba (confianza industrial, pedidos de bienes duraderos).
Esta señal se lee como la última confirmación, no como la primera alarma: si la curva de tipos, el spread de crédito, la confianza industrial y la confianza del consumidor llevan tiempo en alerta, y ADEMÁS se activa la regla Sahm, el diagnóstico de recesión deja de ser una posibilidad y pasa a ser casi un hecho consumado.
Análisis profesional
La tarjeta de confianza industrial preguntaba a directores de fábrica cómo ven su negocio. Esta pregunta a otro grupo distinto: analistas financieros e inversores profesionales —la gente que gestiona fondos y sigue los mercados día a día—. Cada mes, un instituto de investigación económica alemán (el ZEW) encuesta a unos 350 de ellos con una pregunta muy concreta: «¿esperáis que la economía alemana mejore, se mantenga igual o empeore en los próximos 6 meses?». No se pregunta cómo está la economía HOY —eso lo mide otra parte de la misma encuesta, llamada «situación actual»—, solo la expectativa a futuro.
El número final es, otra vez, un balance: el porcentaje que espera mejora menos el porcentaje que espera empeoramiento. Lo que hace especial a esta encuesta es A QUIÉN pregunta: los analistas financieros son, por oficio, quienes más rápido reaccionan a noticias, decisiones de bancos centrales, elecciones o tensiones geopolíticas —mucho antes de que esos sucesos se noten en los pedidos reales de una fábrica—. Por eso el ZEW es famoso por moverse muy rápido y con mucha más volatilidad que la confianza industrial: un solo titular de prensa puede hacerlo saltar de un mes a otro, mientras que un director de fábrica tarda meses en cambiar de opinión porque necesita ver pedidos reales moverse.
Hoy está en 10,5, en zona ámbar: expectativas moderadas, ni optimismo ni pesimismo marcado. Un dato interesante del mismo informe: la «situación actual» (un indicador hermano de este) está en unos niveles muy negativos, muy por debajo de las expectativas — es decir, los analistas ven la economía alemana mal AHORA MISMO, pero esperan que mejore de aquí a 6 meses. El panel marca verde por encima de 20, ámbar entre −10 y 20, y rojo por debajo de −10.
El ZEW se desplomó con fuerza y muy rápido antes de la quiebra de Lehman Brothers en 2008, anticipándose a la crisis financiera. Volvió a hundirse en 2011, durante la crisis de deuda del euro. Y en 2020 protagonizó uno de sus movimientos más extremos: cayó a mínimos históricos en marzo, nada más estallar la pandemia, para luego rebotar a máximos históricos solo unos meses después, cuando los analistas empezaron a descontar la reapertura económica y los estímulos masivos de los bancos centrales — un ejemplo perfecto de lo rápido y volátil que puede ser este indicador comparado con los datos de la economía real.
Se lee junto a la confianza industrial de la Eurozona (más arriba): el ZEW, al reflejar la opinión de analistas financieros muy rápidos de reflejos, suele anticiparse por semanas o meses a los cambios que luego aparecen en la confianza de los directores de fábrica. Si el ZEW mejora con fuerza y la confianza industrial sigue débil, puede ser una primera señal de que lo peor ha quedado atrás, aunque todavía no se note en la producción real.
Análisis profesional
Igual que la Eurozona tiene su encuesta a directores de fábrica y EE.UU. tiene el PMI (sin fuente gratuita, como viste en la tarjeta de confianza industrial), Japón tiene la suya propia: el «Tankan», que hace directamente el banco central de Japón desde los años 50, cada trimestre, a más de 10.000 empresas. Esta tarjeta sigue el dato más citado de todos los que produce esa encuesta: la opinión de las grandes empresas manufactureras (fabricantes), muchas de ellas grandes exportadoras conocidas —piensa en fabricantes de coches o de electrónica—, sobre si el negocio va favorable o desfavorable.
El banco de Japón pregunta a las empresas si sus condiciones de negocio son favorables, normales o desfavorables, y resta el porcentaje de «desfavorables» al de «favorables» para obtener este número. Al centrarse en grandes exportadores, este dato no solo mide la salud de Japón: como estas empresas venden gran parte de su producción fuera del país, también reflejan la fortaleza de la demanda global y se ven muy afectadas por el tipo de cambio del yen —un yen débil abarata sus productos en el extranjero y suele mejorar sus respuestas en la encuesta—.
Hoy está en +22, en zona verde: las grandes empresas manufactureras japonesas, en conjunto, ven claramente favorable su situación de negocio. El panel marca verde por encima de 10, ámbar entre −10 y 10, y rojo por debajo de −10. Se actualiza solo 4 veces al año (es trimestral), a diferencia de la mayoría de tarjetas del panel.
Este indicador se desplomó hasta unos -58 puntos durante la crisis financiera de 2008-2009, su peor lectura de la posguerra en aquel momento, y volvió a hundirse hasta cerca de -34 en 2020 con la pandemia. Durante buena parte de los años 90 y principios de los 2000 —la llamada «década perdida» de Japón— se mantuvo débil o negativo durante años seguidos. Las lecturas por encima de +20 de los últimos tiempos reflejan una fase de relativa fortaleza para los grandes exportadores japoneses, ayudados en parte por un yen históricamente débil que abarata sus productos fuera de Japón.
Se lee junto a la confianza industrial de la Eurozona y los pedidos de bienes duraderos de EE.UU.: juntas, estas tres señales dan un pulso aproximado de la salud manufacturera de los tres grandes bloques económicos del mundo (EE.UU., Europa y Japón). Si las tres apuntan en la misma dirección, la lectura sobre el comercio y la industria global es mucho más sólida que mirando una sola región.
Inflación y política monetaria
Análisis profesional
Imagina que cada mes vas al supermercado y compras siempre cosas parecidas: pan, leche, gasolina, el alquiler, una consulta médica, un billete de autobús. Si el mes que viene esa misma cesta de productos y servicios te cuesta más dinero que ahora, eso es inflación: una subida generalizada de precios. Esta señal mide exactamente eso: cuánto ha subido el precio de esa cesta en España en el último año, comparando con lo que costaba hace doce meses. Se llama HICP (índice armonizado de precios al consumo) porque usa la misma metodología en toda la Unión Europea, lo que permite comparar la inflación de España con la de Francia, Alemania o Italia con las mismas reglas.
Cada país recoge los precios de miles de productos y servicios representativos —desde el aceite de oliva hasta el alquiler de una vivienda— y los agrupa dándole más peso a lo que una familia media gasta más (la vivienda pesa más en el cálculo que el tabaco, porque gastamos más en vivienda). Cada mes se repite la medición y se compara con el mismo mes del año anterior: esa comparación es el número que ves en el panel. Esto importa porque el Banco Central Europeo (BCE, quien decide el precio oficial del dinero en toda la eurozona) tiene un objetivo explícito: que esta subida de precios ronde el 2% al año en toda la zona euro. Si la inflación se aleja mucho de ese 2%, el BCE reacciona subiendo o bajando su tipo de interés oficial para intentar corregirlo, y eso afecta directamente a lo que cuesta una hipoteca o lo que paga una cuenta de ahorro.
Hoy la inflación en España está en el 3%, en zona ámbar. El panel marca verde hasta el 2,5% (cerca del objetivo, sin presión), ámbar entre 2,5% y 3,5% (por encima del objetivo, pero no descontrolada) y rojo por encima de 3,5% o por debajo de 0% (una caída de precios, deflación, que paradójicamente también es mala señal: si las cosas van a costar menos mañana, la gente deja de comprar hoy y la economía se frena). Con el dato de hoy, España está justo en el límite superior de la zona de vigilancia.
La inflación descontrolada ha sido, históricamente, uno de los mayores problemas económicos. En 2022, tras la guerra en Ucrania y el encarecimiento de la energía, la inflación en España llegó a superar el 10% interanual —la cifra más alta en casi cuatro décadas— y obligó al BCE a subir los tipos de interés de forma muy agresiva entre 2022 y 2023, lo que a su vez encareció las hipotecas variables de golpe para millones de familias. En el extremo contrario, una caída de precios sostenida (deflación), como la que sufrió Japón durante buena parte de los años 90 y 2000, puede dejar a un país atrapado en un estancamiento económico del que cuesta mucho salir.
Se lee junto al dato de la eurozona (la tarjeta de al lado): el BCE decide sus tipos pensando en el conjunto de los 20 países que comparten el euro, no solo en España, así que si España está por encima de la media europea, puede acabar sufriendo tipos de interés pensados para una inflación más baja de la que realmente tiene aquí. También conviene mirarla junto al tipo oficial de la Fed y el Euríbor, más abajo en el panel: son la consecuencia práctica de estas cifras de inflación.
Análisis profesional
Ya viste en la tarjeta de al lado cómo se mide la subida de precios en España con la cesta de la compra. Esta señal hace exactamente lo mismo, pero mirando en conjunto a los 20 países que comparten el euro como moneda —desde España hasta Alemania, pasando por Francia, Italia o Portugal— para saber qué está pasando con los precios en toda la zona euro, no solo aquí.
Cada país mide su propia inflación con la misma metodología, y luego se calcula una media ponderada según el peso económico de cada uno: Alemania o Francia, al ser economías más grandes, pesan más en esa media que España o Portugal. Esta cifra conjunta es la que de verdad mira el Banco Central Europeo (BCE) para decidir sus tipos de interés, no la de un país en particular — el BCE fija un único tipo de interés para los 20 países a la vez, así que su objetivo del 2% se refiere a esta media, no a España en solitario.
Hoy la inflación de la eurozona está en el 2%, justo en el objetivo del BCE, en zona verde. Los umbrales son los mismos que en España: verde hasta 2,5%, ámbar entre 2,5% y 3,5%, rojo por encima de 3,5% o por debajo de 0%.
El caso más claro de los últimos años es el mismo de 2022: la subida del precio de la energía tras la invasión de Ucrania llevó la inflación de la eurozona a superar el 10% a finales de ese año, muy lejos del objetivo, y forzó al BCE a subir tipos al ritmo más rápido de su historia entre 2022 y 2023. Antes, entre 2015 y 2020, la eurozona vivió el problema contrario durante años: una inflación pegada a niveles muy bajos, casi cero, que llevó al BCE a mantener tipos de interés en el 0% —e incluso negativos— durante casi una década para intentar reactivar los precios.
Se lee junto a la inflación de España (la tarjeta anterior): si España está muy por encima de la media de la eurozona, puede acabar con un tipo de interés fijado por el BCE que resulte demasiado bajo para su propia inflación, lo que en la práctica calienta más la economía española que la del resto. También conviene mirarla junto al tipo oficial de la Fed y el Euríbor, más abajo: son la respuesta práctica de los bancos centrales a estas cifras.
Análisis profesional
Ya conoces, de la tarjeta de inflación en España, la idea de la cesta de la compra que sube de precio. Esta señal aplica lo mismo a EE.UU., pero con una diferencia importante: quita de la cesta los alimentos frescos y la energía (gasolina, gas, electricidad). ¿Por qué quitar justo lo que más nota la gente en su bolsillo? Porque esos dos precios suben y bajan por motivos que no tienen que ver con la salud general de la economía —una sequía, una guerra que corta el suministro de petróleo— y «ensucian» la foto de fondo. Lo que queda, sin esos dos ingredientes, se llama «inflación subyacente» o «core», y es la que de verdad interesa a quien decide los tipos de interés.
El motivo por el que a los bancos centrales les importa tanto separar esto: si el precio de la gasolina sube un mes por un conflicto en Oriente Medio, subir los tipos de interés no va a hacer que baje el precio del petróleo —ese problema no lo arregla la política monetaria—. Pero si los precios suben de forma generalizada y sostenida, mes tras mes, en categorías que no dependen de sucesos puntuales (alquileres, servicios, restaurantes, un corte de pelo…), eso sí es señal de que hay demasiado dinero persiguiendo pocos bienes, y ahí subir los tipos sí tiene un efecto real: encarece pedir dinero prestado, la gente y las empresas gastan menos, y los precios se enfrían.
Hoy la inflación subyacente en EE.UU. está en el 2,57%, en zona ámbar: por encima del objetivo del 2%, aunque no de forma alarmante. El panel marca verde hasta el 2,5%, ámbar entre 2,5% y 3,5%, y rojo por encima de 3,5%.
Durante 2021-2022, la inflación subyacente en EE.UU. se disparó desde niveles cercanos al 2% hasta superar el 6%, la peor lectura en cuatro décadas, alimentada por el gasto embalsado de la pandemia y los cuellos de botella en las cadenas de suministro globales. Esa subida sostenida de la parte «de fondo» de la inflación —no solo la energía puntual— fue justo lo que convenció a la Fed de que no bastaba con esperar a que se corrigiera sola, y desencadenó la subida de tipos más agresiva en cuatro décadas.
Se lee junto al PCE y al Core PCE (las dos tarjetas siguientes): son tres formas distintas de medir prácticamente lo mismo, y cuando las tres apuntan en la misma dirección, la lectura sobre hacia dónde va la inflación de fondo es mucho más fiable que fijarse en una sola.
Análisis profesional
Esta señal mide lo mismo que la inflación normal (la subida de precios de la cesta de la compra), pero calculada de una forma distinta y, según la Fed, más precisa: el PCE (gasto en consumo personal). La diferencia clave es que la cesta de la compra del PCE no es fija: si el precio de la carne se dispara, y la gente empieza a comprar más pollo en su lugar, el PCE recoge ese cambio de hábito («efecto sustitución»), mientras que el IPC tradicional sigue comparando el precio de la misma cesta fija de siempre, aunque ya nadie la compre así en la práctica.
Además de ese ajuste por sustitución, el PCE cubre una porción más amplia del gasto total de la economía —incluye, por ejemplo, gastos médicos pagados por seguros o por el Estado en nombre del consumidor, que el IPC tradicional no recoge igual— y da menos peso relativo a la vivienda. Por estas diferencias metodológicas, el PCE suele dar una cifra de inflación algo distinta —normalmente algo menor— que el IPC tradicional para el mismo periodo, aunque no siempre: cuando los alimentos o la energía suben mucho, el PCE general (que sí los incluye, a diferencia de su versión «core») puede acabar mostrando más inflación que el IPC subyacente.
Hoy está en el 4,07%, en zona roja: la versión general de esta medida —que incluye alimentos y energía— muestra una subida de precios notable, más alta que la inflación subyacente de la tarjeta anterior. El panel marca verde hasta el 2,5%, ámbar entre 2,5% y 3,5%, y rojo por encima de 3,5%: probablemente refleja un encarecimiento puntual de alimentos o energía en el último año, más que un problema de fondo generalizado.
El PCE general llegó a superar el 7% en 2022, su nivel más alto en cuatro décadas, por la combinación del gasto embalsado de la pandemia, los cuellos de botella y el encarecimiento de la energía tras la guerra de Ucrania. Es, junto al IPC, la cifra que más de cerca vigilan los mercados cada mes, porque es la que la Fed usa oficialmente para definir su objetivo del 2% — aunque, como ves en la tarjeta siguiente, mira más de cerca su versión «subyacente» que esta general.
Se lee junto al Core PCE (la tarjeta siguiente): si el PCE general está mucho más alto que su versión subyacente, como pasa hoy, es una pista de que el encarecimiento reciente viene sobre todo de alimentos o energía —algo más puntual—, no de una inflación de fondo generalizada en toda la economía.
Análisis profesional
Esta es, de las tres medidas de inflación de EE.UU. que ves en el panel, la más importante de todas: es la que la Reserva Federal (Fed) usa oficialmente para definir su objetivo del 2% de inflación. Combina las dos ideas de las tarjetas anteriores: usa la metodología del PCE (que recoge cómo cambian los hábitos de compra de la gente) y, además, quita los alimentos frescos y la energía para quedarse solo con la tendencia de fondo.
Cuando un periodista o un analista dice «la Fed quiere que la inflación esté en el 2%», se está refiriendo, en concreto, a esta cifra exacta —no al IPC del telediario, ni siquiera al Core CPI de la primera tarjeta de este grupo—. Los responsables de la Fed repiten en cada rueda de prensa que toman sus decisiones de subir o bajar tipos mirando esta serie por encima de cualquier otra, así que es la que mejor explica sus movimientos futuros.
Hoy está en el 3,41%, en zona roja: claramente por encima del objetivo real de la Fed, la señal más dura de las tres versiones de inflación del panel. El panel marca verde hasta el 2,3% (muy cerca del objetivo), ámbar entre 2,3% y 3%, y rojo por encima del 3%, un umbral más exigente que en las otras dos tarjetas porque esta es, literalmente, la vara de medir oficial.
El Core PCE llegó a superar el 5,5% en 2022, muy lejos del objetivo del 2%, y ese desvío sostenido —no un susto de un mes— fue el argumento central que usó la Fed para justificar la subida de tipos más rápida en cuatro décadas entre 2022 y 2023. Tardó más de dos años, hasta bien entrado 2024, en acercarse de nuevo a niveles cercanos al objetivo.
Se lee como el árbitro final entre las otras dos medidas de inflación del panel: si el Core PCE se mantiene alto, por mucho que el IPC general o el Core CPI parezcan más tranquilos, la Fed seguirá reacia a bajar tipos. Y se lee junto al tipo oficial de la Fed (en el otro bloque): mientras esta cifra no ceda con claridad, es difícil que la Fed inicie un ciclo de bajadas de tipos sostenido.
Análisis profesional
Hasta ahora hemos visto cuánto han subido los precios en el último año —inflación pasada—. Esta señal es distinta: intenta adivinar qué inflación espera el mercado financiero dentro de mucho tiempo. En concreto, mide qué inflación media anual esperan los inversores para el periodo que va desde dentro de 5 años hasta dentro de 10 años —de ahí su nombre, «5 años dentro de 5 años»—. Es una forma de preguntarle al mercado: «cuando la efervescencia de hoy —guerras, subidas puntuales de la energía— haya pasado, ¿cuánta inflación de fondo crees que habrá a largo plazo?».
Esta cifra no la publica ningún organismo oficial: se calcula todos los días a partir del precio de ciertos bonos que pagan un interés variable según la inflación real, comparados con bonos normales de interés fijo. La diferencia entre lo que rinden unos y otros revela, indirectamente, cuánta inflación está «apostando» el mercado que habrá en el futuro. Si los inversores confían en que la Reserva Federal (Fed, el banco central de EE.UU.) va a cumplir su objetivo de inflación del 2% a largo plazo, este número se queda anclado cerca del 2%, pase lo que pase con la inflación del mes pasado. Si empieza a desviarse mucho, es que el mercado está perdiendo la confianza en que el banco central vaya a controlar los precios en el futuro.
Hoy está en el 2,22%, en zona verde: el mercado sigue confiando en que la Fed logrará su objetivo a largo plazo. El panel marca verde entre 1,8% y 2,4% (expectativas ancladas) y rojo por debajo de 1,2% o por encima de 3% (el ancla se ha soltado).
Este indicador funciona como un detector de credibilidad. En 2022, cuando la inflación real se disparó por encima del 9% en EE.UU., este indicador de largo plazo apenas se movió, una señal tranquilizadora: el mercado seguía pensando que era un episodio pasajero, no un cambio permanente, y así fue. En los años 70, en cambio, EE.UU. vivió una espiral en la que la propia expectativa de inflación futura alimentaba la inflación real —la gente y las empresas subían precios y sueldos anticipándose a una inflación que ellos mismos ayudaban a crear—, y esa espiral tardó más de una década, y una subida de tipos muy dura a principios de los 80, en romperse.
Se lee junto al tipo oficial de la Fed y el Euríbor: si estas expectativas de largo plazo empiezan a desanclarse hacia arriba, el banco central se verá obligado a mantener los tipos de interés altos durante más tiempo del que el mercado da hoy por hecho, algo malo tanto para los bonos como para la bolsa.
Análisis profesional
Cuando un banco necesita dinero de un día para otro para cuadrar sus cuentas, se lo pide prestado a otro banco. El interés al que se hacen ese préstamo entre bancos, a un solo día, es lo que la Reserva Federal (Fed, el banco central de EE.UU.) controla directamente como su herramienta principal para gobernar la economía. A ese tipo de interés se le llama «tipo de los fondos federales», y esta señal muestra su nivel actual.
La Fed fija un rango objetivo (por ejemplo, entre el 3,50% y el 3,75%) y usa herramientas técnicas para que el tipo real del mercado se quede dentro de ese rango. Cuando quiere frenar la inflación, sube este tipo: pedir dinero prestado se encarece en toda la economía, desde una hipoteca hasta un préstamo para que una empresa invierta, lo que enfría el consumo. Cuando quiere reactivar la economía —por ejemplo, en una recesión—, lo baja: el dinero se abarata y se anima el consumo y la inversión.
Hoy está en el 3,62%, estable en los últimos cuatro meses: la Fed está en pausa, ni subiendo ni bajando. Lo importante de esta señal no es tanto el nivel exacto como la dirección: si empieza a bajar, es un viento de cola para las inversiones (dinero más barato, valoraciones más altas); si sube, ocurre lo contrario.
El ejemplo más extremo de la historia reciente: entre 2022 y 2023 la Fed subió este tipo desde prácticamente el 0% hasta más del 5% en poco más de un año, el ritmo de subidas más rápido en cuatro décadas, para frenar la inflación que había disparado la pandemia y la guerra de Ucrania. El efecto inmediato fue un mal año para bonos y bolsa a la vez en 2022 —algo históricamente raro—, porque ambos activos valen menos cuando el dinero es más caro. En el extremo contrario, en 2020 la Fed bajó este tipo a prácticamente cero de un día para otro al estallar la pandemia, para evitar un colapso económico.
Se lee junto al balance de la Fed (más abajo, la otra gran herramienta de política monetaria) y junto a las expectativas de inflación a largo plazo: si la Fed baja este tipo mientras la inflación sigue alta y las expectativas se desanclan, sería señal de que prioriza la economía sobre el control de precios, algo que el mercado no suele recibir bien a largo plazo.
Análisis profesional
Si tienes o conoces a alguien con una hipoteca variable en España, esta es probablemente la cifra que más le afecta en el día a día. El Euríbor es el tipo de interés al que se prestan dinero entre sí los bancos de la eurozona a un plazo de 12 meses, y sirve como referencia oficial para calcular la cuota de la mayoría de hipotecas variables: tu banco suma un diferencial fijo (por ejemplo, Euríbor + 0,80%) a este valor para calcular lo que pagas.
El Euríbor no lo fija el Banco Central Europeo (BCE) directamente, pero está muy influido por él: si el mercado espera que el BCE vaya a subir su tipo de interés oficial en el próximo año, el Euríbor a 12 meses sube por anticipado, porque los bancos ya descuentan que prestarse dinero les va a costar más en los próximos meses. Por eso el Euríbor suele adelantarse a las decisiones oficiales del BCE en varios meses: es el mercado «prediciendo» lo que hará el banco central.
Hoy está en el 2,8%, estable en el último trimestre. Para alguien con una hipoteca variable de, por ejemplo, 200.000 euros a 25 años, cada punto porcentual de subida o bajada del Euríbor puede suponer más de 100 euros al mes de diferencia en la cuota, así que su tendencia importa mucho más allá de la inversión.
El ejemplo más doloroso reciente: entre 2022 y 2023 el Euríbor pasó de estar en negativo —donde llevaba desde 2016— a superar el 4%, la subida más rápida de su historia, encareciendo de golpe la cuota de millones de hipotecas variables en España. Antes, entre 2016 y 2022, había estado en negativo tanto tiempo que llegó a ser habitual que algunos bancos, en la práctica, cobraran menos que el diferencial pactado.
Se lee junto al tipo oficial de la Fed (bancos centrales distintos, pero ambos responden a la misma dinámica global de inflación y tipos) y, sobre todo, junto a la inflación de la eurozona: mientras siga por encima del objetivo del BCE, es menos probable que el Euríbor baje con fuerza.
Análisis profesional
Cuando una economía atraviesa una crisis grave, además de bajar el tipo de interés oficial (la tarjeta anterior), un banco central tiene otra herramienta: crear dinero nuevo y usarlo para comprar bonos directamente en el mercado. A este mecanismo se le llama «expansión cuantitativa» o QE, y cuando el banco central hace lo contrario —dejar que ese dinero vaya desapareciendo poco a poco, sin renovarlo— se le llama «ajuste cuantitativo» o QT. Esta señal mide el tamaño total del balance de la Reserva Federal (Fed): cuánto ha comprado y todavía no ha vendido ni dejado vencer.
Cuando la Fed compra bonos con dinero que ella misma crea, ese dinero nuevo entra en el sistema financiero y, en general, hace subir el precio de los activos: bonos, acciones, inmuebles. Es meter «gasolina» adicional en la economía, más allá de solo bajar el tipo de interés oficial. Cuando la Fed hace QT —deja que los bonos que tiene vayan venciendo sin comprar otros nuevos con ese dinero—, retira gasolina del sistema poco a poco, lo que en general resta apoyo al precio de esos mismos activos.
Hoy el balance está creciendo, un 1,15% en los últimos 12 meses: la Fed está metiendo dinero nuevo en el sistema, un viento de cola moderado para las valoraciones. No es una zona de alarma —esta señal se usa más como contexto que como semáforo—, pero conviene saber en qué dirección sopla el viento.
El ejemplo más extremo: durante la pandemia, entre 2020 y 2022, el balance de la Fed casi se duplicó, la mayor expansión monetaria de la historia de EE.UU., para evitar un colapso financiero. A partir de 2022, la Fed empezó a hacer QT para intentar frenar la inflación que, en parte, ese mismo dinero había ayudado a alimentar.
Se lee junto al tipo oficial de la Fed: ambas son las dos grandes palancas de la política monetaria americana, y cuando se mueven en la misma dirección —tipos subiendo y balance encogiendo, por ejemplo— el efecto de frenar la economía se refuerza en vez de compensarse.
Valoración y sentimiento
Análisis profesional
El S&P 500 agrupa a las 500 mayores empresas cotizadas de Estados Unidos, y es el índice bursátil más seguido del mundo para saber cómo le va, en conjunto, a la bolsa americana. Esta señal no mira su precio en sí, sino si ese precio está por encima o por debajo de su propia media de los últimos 200 días de mercado —unos 9-10 meses—, una forma muy usada por los analistas para saber si la tendencia de fondo del mercado es alcista o bajista, dejando de lado el ruido del día a día.
Cada día el índice sube o baja según lo que hagan sus 500 empresas en bolsa. Si calculas la media de los últimos 200 cierres diarios, obtienes una línea que se mueve mucho más despacio que el precio del día a día: filtra el ruido. Cuando el precio de hoy está por encima de esa media lenta, se interpreta que la tendencia de fondo sigue siendo alcista, aunque haya caídas puntuales; cuando cae por debajo, se interpreta que la tendencia se ha roto, y suele ser el terreno donde se concentran las caídas más fuertes y duraderas.
Hoy el índice cotiza un 8,17% por encima de su media de 200 sesiones: tendencia alcista intacta, zona verde. El panel marca ámbar cuando está entre un 5% por debajo y la media, y rojo cuando cae más de un 5% por debajo de ella.
Esta regla, aunque simple, ha funcionado bien durante décadas: en las grandes caídas de 2000-2002, 2008 y 2020, el índice llevaba ya tiempo cotizando por debajo de su media de 200 sesiones cuando se produjeron las peores caídas, lo que habría servido de aviso para reducir riesgo. No es infalible —da falsas alarmas en mercados que oscilan mucho sin tendencia clara—, pero es de las señales de tendencia más vigiladas por gestores profesionales.
Se lee junto a la caída desde máximos (la tarjeta siguiente) y el VIX: estar por debajo de la media de 200 sesiones, con una caída fuerte desde máximos y el VIX disparado, compone el cuadro completo de un mercado bajista con miedo real, no solo una corrección pasajera.
Análisis profesional
Esta señal mide algo muy sencillo: cuánto ha caído el S&P 500 desde su punto más alto de los últimos dos años, en porcentaje. Si el índice llegó a marcar, por ejemplo, 8.000 puntos hace unos meses y hoy está en 7.500, ha caído un 6,25% desde ese máximo. A esta caída acumulada desde el último pico se la llama «drawdown».
El motivo de mirar esta cifra en vez del precio absoluto es que lo que de verdad importa para un inversor es cuánto ha perdido alguien que compró justo en el peor momento posible (el máximo), no el nivel del índice en sí, que cambia con el tiempo. Cuanto mayor es el drawdown, más ha sufrido quien invirtió cerca de máximos, y más cerca puede estar el mercado de zonas que, históricamente, han sido una oportunidad de compra a medio plazo —aunque nunca hay garantía de que no siga cayendo más—.
Hoy la caída acumulada desde el último máximo es de solo un 0,87%: prácticamente en zona de máximos históricos, zona verde. El panel marca ámbar entre un 5% y un 15% de caída (corrección normal, algo que pasa casi todos los años) y rojo por encima de un 15%.
El curso que estás siguiendo marca el −15% como el umbral donde, en el pasado, con liquidez ya preparada de antemano —nunca invirtiendo todo de golpe—, se han dado las mejores oportunidades de entrada. En 2008 el S&P 500 llegó a caer más de un 50% desde máximos: quien fue comprando poco a poco durante la caída, con horizonte largo, obtuvo después algunas de las mejores rentabilidades de la década siguiente. En 2020, la caída fue de casi un 34% en solo 5 semanas —la más rápida de la historia— y se recuperó en apenas 5 meses. En 2022, la caída fue más lenta y prolongada, de alrededor de un 25%, por la subida de tipos de interés.
Se lee junto al VIX (el termómetro del miedo): una caída fuerte con el VIX también disparado compone la situación clásica que marca el curso como zona de oportunidad histórica; una caída fuerte con el VIX tranquilo es menos habitual y merece más cautela antes de interpretarla igual.
Análisis profesional
El VIX es un índice que intenta medir, en un solo número, cuánto miedo hay en el mercado bursátil americano en un momento dado. Se calcula a partir de lo que los inversores están dispuestos a pagar hoy por «seguros» contra caídas del S&P 500 en el próximo mes —unos contratos financieros llamados opciones—. Cuando hay mucho miedo, todo el mundo quiere comprar ese seguro a la vez, su precio sube, y el VIX sube con él. Por eso se le conoce, coloquialmente, como el «índice del miedo».
Piénsalo como el precio de un seguro de coche: si conduces por una zona tranquila, el seguro es barato porque el riesgo percibido es bajo. Si de repente hay muchos accidentes en tu zona, el seguro se encarece porque el riesgo percibido ha subido, aunque tu coche siga siendo el mismo. Con la bolsa pasa igual: cuando los inversores están tranquilos, los «seguros» contra caídas son baratos y el VIX está bajo; cuando temen una caída fuerte, se disparan a comprar esos seguros, su precio sube, y con él el VIX.
Hoy está en 17,16 puntos, zona verde: volatilidad normal-baja, sin miedo relevante. El panel marca ámbar entre 20 y 30 (nerviosismo elevado) y rojo por encima de 30 (pánico abierto).
Este índice se ha usado durante décadas, de forma algo paradójica, como indicador contrario en sus extremos: cuando está muy bajo (por debajo de 14), suele señalar complacencia —la calma antes de un susto—; cuando se dispara muy alto, suele coincidir con los peores momentos de pánico, que históricamente han estado más cerca de un suelo del mercado que de más caídas. Llegó a superar los 80 puntos en 2008, durante la quiebra de Lehman Brothers, y volvió a superar los 80 en marzo de 2020, en las semanas más duras del inicio de la pandemia — en ambos casos, cerca de esos picos de pánico extremo, el mercado tocó fondo poco después.
Se lee junto a la caída desde máximos: un VIX muy alto con una caída fuerte confirma un episodio de pánico real; un VIX que sube sin que haya una caída relevante en el índice suele ser ruido de corto plazo, no un cambio de fondo.
España y tipos largos
Análisis profesional
Ya hemos hablado del bono del Tesoro de EE.UU. a 10 años en otras tarjetas: es la inversión que se considera más segura del mundo, porque se asume que el Estado más poderoso del planeta siempre podrá devolver ese dinero. Esta tarjeta se centra en su tipo de interés (yield) de dos maneras: el «nominal», el número que normalmente se comenta en las noticias, y el «real», ese mismo tipo descontando la inflación esperada — es decir, lo que de verdad ganas en poder de compra, no solo en dólares contados.
Si el bono paga un 4,62% nominal y se espera una inflación de alrededor del 2,3% en ese periodo, tu ganancia real —lo que realmente puedes comprar de más con ese dinero, descontando la subida de precios— es aproximadamente la resta de ambos: alrededor de un 2,3%. Este tipo real es clave porque compite directamente con la bolsa: si el bono más seguro del mundo ya te da una ganancia real considerable sin apenas riesgo, muchos inversores exigirán una ganancia todavía mayor para asumir el riesgo de la bolsa, lo que en la práctica «resta» valor a lo que se está dispuesto a pagar por una acción.
Hoy el bono paga un 4,62% nominal, y el tipo real —descontando inflación esperada— está en el 2,36%: un nivel alto históricamente, que supone bastante gravedad sobre las valoraciones de otros activos, incluida la bolsa.
Durante casi toda la década de 2010, tras la crisis de 2008, los tipos reales estuvieron cerca de cero o incluso en negativo —los bancos centrales mantuvieron tipos oficiales muy bajos para reactivar la economía—, lo que fue un viento de cola enorme para la bolsa: si el bono seguro no te daba casi nada, compensaba más asumir el riesgo de las acciones. A partir de 2022, con la subida de tipos para frenar la inflación, los tipos reales volvieron a niveles que no se veían desde antes de 2008, una de las razones detrás del mal año bursátil de 2022.
Se lee junto a la prima de riesgo de España (la tarjeta siguiente) y junto al tipo oficial de la Fed: este bono es, en cierto sentido, el punto de partida de todas las demás valoraciones — cuando sube con fuerza, resta atractivo relativo a casi cualquier otra inversión del mundo.
Análisis profesional
Cuando un país pide dinero prestado emitiendo deuda pública, el interés que tiene que pagar depende de cuánto confía el mercado en que ese país vaya a devolverlo. Alemania se considera, dentro de la eurozona, el país más solvente y fiable, así que paga el interés más bajo de todos. Esta señal mide cuánto interés extra paga España, comparado con Alemania, por pedir prestado al mismo plazo (10 años). A esa diferencia se la llama «prima de riesgo», y se mide en puntos básicos (100 puntos básicos equivalen a 1 punto porcentual).
Si el mercado empieza a dudar de las cuentas públicas de un país —por ejemplo, si su déficit (lo que gasta de más sobre lo que ingresa) crece mucho, o si una agencia de calificación (rating) rebaja su nota de solvencia—, los inversores exigirán más interés para prestarle, porque perciben más riesgo de que en el futuro no pueda pagar. Esa exigencia se traduce en una prima de riesgo más alta frente a Alemania. El Banco Central Europeo (BCE) tiene, además, un mecanismo llamado TPI —creado tras la crisis de 2022— con el que puede comprar deuda de un país concreto si considera que su prima se dispara de forma injustificada, para evitar ataques especulativos.
Hoy la prima española está en 44 puntos básicos, en zona verde: el mercado no cuestiona la solvencia de España. El panel marca ámbar entre 100 y 150 puntos básicos, y rojo por encima de 150.
El ejemplo extremo de la historia reciente es la crisis de deuda europea de 2012: la prima de riesgo española llegó a superar los 600 puntos básicos (6 puntos porcentuales) en pleno rescate del sector bancario español, hasta el punto de que se llegó a hablar abiertamente de un rescate total del país, como el que ya habían sufrido Grecia, Irlanda o Portugal. La crisis se calmó cuando el entonces presidente del BCE, Mario Draghi, prometió en julio de 2012 hacer «lo que haga falta» para salvar el euro, lo que dio paso, años después, a mecanismos como el TPI.
Se lee junto al bono americano a 10 años (la tarjeta anterior): mientras esa referencia global suba, toda la deuda —incluida la española— tiende a pagar más interés en términos absolutos, pero la prima de riesgo aísla la parte que depende específicamente de la confianza en España, no del nivel general de tipos en el mundo.